31/07/2020

No debes pensar que es sólo por la suerte

 

Si alguien me hubiera dicho cuando era pequeña lo que pasaba, tal vez, hoy no estaría reflexionando del mismo modo.

El hecho de tener la piel más oscura que el resto, me ubicaba en un lugar diferente, aunque el amor fuera incondicional.

 

Ya siendo adulta, comprendo la reacción/acción inconsciente que viene de hace tantos años atrás, un legado nacional, y que a pesar de los años sigue vigente.  

Los primeros movimientos de las malsanas maniobras de esclavitud sucedieron en Argentina a fines del siglo XVI.

Los que tenían la suerte y la fortaleza por mantenerse vivos durante la extrema travesía, serían trasladados desde el puerto de migraciones hasta espacios públicos donde la muchedumbre se agrupaba al mejor postor.

El valor se regía por las aptitudes físicas: sus dientes, la musculatura en el caso de los hombres, y el asegurarse que no fueran entregados con ninguna enfermedad.

Los africanos y africanas eran “cazados” y traídos involuntariamente para trabajos forzosos; desprendidos de sus familias, de sus padres, de la complicidad entre amigos, tal vez de un amor; de sus alegrías y melancolías, de sus sueños y su cotidianeidad; arrancados sin más.

Tendrían un dueño al que llamarían “amo”,  a quien deberían obedecer fielmente a sus órdenes, y responder ante el apellido de su comprador por ser de su propiedad.

La nueva adquisición ofrecía el beneficio de la mano de obra gratuita para infinitas y diversas labores, entre ellas, luchar en defensa por una patria ajena. 

El amo, en este caso, donaba su esclavo al ejército. 

Muchos escapaban entre balas y heridos, gritos y muertos.

Muchos luchaban ante el enemigo en busca de su libertad.

Héroes y heroínas que hasta el día de hoy no han sido reconocidos por la historia.

En ningún manual de estudio aparece el nombre de la afrodescendiente María Remedios del Valle, la Gran Capitana del ejército de Manuel Belgrano. Combatiente en los frentes: militar y enfermera.

 

La respuesta es no. La respuesta es nunca.

La respuesta es que la única representación escolar de la presencia afro en la Argentina es en una situación de extrema pobreza y marginalidad: vendedores ambulantes con vestimentas feas, rotas, sucias, descalzos en la ciudad; en contraposición con los caballeros de piel clara, llevando consigo además de trajes y galeras; educación, dinero, cultura, poder, posibilidad de pensamiento y trabajo digno. Y las mujeres blancas, con sus fascinantes vestidos bordados de colores brillantes y una falda de amplio vuelo.

No hay registros con exactitud de cuándo comenzaron a realizarse por primera vez las representaciones de las personas afrodescendientes y afroargentinas en actos escolares, a través de la quema de un corcho para obtener un material tipo tiza negra, y que convertiría la piel blanca en negra.

El acto es cruel, discriminatorio y racista.

Actualmente y felizmente, diversas movilizaciones nacionales e internacionales piden por la interrupción urgente de esta aberrante acción llamada “Black-painting”.

 

En la Argentina, la pobreza y la ignorancia son negras.

El negro no piensa. El negro no sabe. El negro solo sirve para servir.

Entonces el efecto antagónico no se hizo esperar, como un grito de sobrevivencia en la sociedad que intentaba formar su identidad: el sueño sudamericano -me gusta decirlo con ironía. Una nación blanca y europea. Una nación formada por inmigrantes que traían los barcos, esta vez, desde el viejo continente. Un deseo del  General Sarmiento y la campaña del blanqueamiento. El mestizaje. Comienza la invisibilización de la población negra en Argentina.

 

Siento que nos estamos atreviendo a cuestionar de a poco nuestra historia. Lo que nos enseñaron, leímos, aprendimos y repetimos.

Algunos “Grandes héroes” que sí aparecen en los manuales de estudio de las escuelas primarias, representados con imponentes estatuas en importantes avenidas,  y el uso de sus nombres para calles y avenidas relevantes de miles de pueblos del país; han sido los enemigos de nuestras raíces, de nuestra identidad.

 

Entonces, ser negro en Argentina es ser extranjero.

Ser marrón (un poco de negro, un poco de blanco) es un riesgo de vida.

No sos parte. No hay trabajo digno para ti. Serás pobre. Sos delincuente. No serás intelectual. Nunca tendrás la voz de la opinión. Seguramente sos ignorante y de malas costumbres. Un negro de alma.

En América y en muchas partes del resto del mundo, si sos blanco y tenés ojos claros, probablemente tendrás más posibilidades. No debes pensar que solo tiene que ver con la suerte.

 

¿Por qué utilizamos el color negro para relatos negativos?

“Me pagan en negro” (ilegal) vs “Me pagan en blanco” (legal); vestuario negro para la muerte vs vestuario blanco para el amor…

Hoy es nuestro deber revisar la historia, y educar y construir un presente visibilizando la pluralidad de nuestra nación. El aporte importantísimo de lo afro en las tradiciones nacionales, en nuestras comidas más típicas, en nuestra cultura popular.

 

Yo nací con mi piel más oscura que la de mi hermana y mis primos.

De pequeña me decían negrita cariñosamente, pero en la escuela sonaba el grito de negra sin cariño.

 

Comparto con ustedes un texto que escribí hace poco de mi experiencia en relación al color de la piel:

“La señora, a quien llamaban negra como a mí, me parecía la más simpática; y el imán del inconsciente que te dice: es de las tuyas. Una señora mayor, con su piel amarronada, coqueta y los labios de color rojo. Nos sonreíamos mutuamente. La Tía Negra era la hermana de mi abuelo, y yo su nieta de 6 años. No sé por qué no la vi más, y en algunos momentos extrañé nuestra complicidad.

En 1977 comenzaba a dar mi primeros pasos en la educación primaria que me marcarían por siempre. Mis padres proponen una educación de monjas alemanas. Nuevamente fueron protagonistas los colores de los cuerpos. El amarillo del cabello rubio y el rosa claro de las pieles, a excepción de una única compañera que se llamaba como un acto burlón del destino, Luz. Con ella éramos el contraste.”

 

Durante el último censo nacional en el 2010, la población afrodescendiente de Argentina ascendía a 149.493 personas (0,4% del total). De este total, unos 137.583 eran afroargentinos (el 92%), y los restantes 11.960 (8%) provenían de otros países, en su mayoría americanos.

Este año, si el contexto lo permite, será el próximo censo, agregando por primera vez la pregunta por el autorreconocimiento y pertenencia a la población afro.

Alrededor de 200 millones de personas que se identifican a sí mismas como descendientes de africanos viven en las Américas.

La Ley 26.852, sancionada el 24 de abril de 2013, instituye el día 8 de noviembre como “Día Nacional de los Afroargentinos y de la cultura afro” en conmemoración a María Remedios del Valle, y lo incorpora al calendario escolar.

La Asamblea General de las Naciones Unidas proclama “Decenio Internacional de los Afrodesdencientes: reconocimiento, justicia y desarrollo”,  que comenzó el 1 de enero de 2015 y terminará el 31 de diciembre de 2024.

Hoy nos atraviesa una pandemia, un sable que quiebra nuestros pensamientos y modos de existir. El mundo enferma. El Covid-19 desnuda problemáticas que antes eran tapadas por diversas prioridades individuales y por acciones de poder.

Nos recuerda que estamos conectados, que el egoísmo y el prejuicio nos condenan.

Siento, a pesar de la tristeza de los que se fueron, una oportunidad para que podamos reflexionar el pasado-presente, y reconfigurar una sociedad solidaria,  algo tan simple como ponerse en el lugar del otro.

 

 

Gaby Messina es una artista visual argentina. Sus investigaciones y producciones invitan a reflexionar sobre comportamientos, historia, costumbres, relatos documentales e interpretaciones de imaginarios; desarrollando conceptos que se construyen a través del contacto con la gente. Utiliza el cine, la fotografía, realiza instalaciones, escribe y publica libros de imágenes y textos en español, inglés y portugués.