04/06/2026

Entre la revolución de los "nadies" y la representación de los "nunca"

Esta fue la narrativa que define el camino al ballotage. Luego de que hace cuatro años el primer gobierno de izquierda en llegar a la Casa de Nariño decía hacerlo a través de “la revolución de los nadies” recogiendo los dichos de Eduardo Galeano para describir a aquellos sin rostro ni valor para el sistema; quien sin nunca haber ocupado un cargo público el domingo pasado quedo en el primer lugar de cara a la segunda vuelta electoral dice llegar para “representar a los nunca” en alusión a los excluidos por establishment político.

La primera vuelta presidencial colombiana dejó una certeza y una paradoja. La certeza es que el sistema político quedó reducido a dos grandes polos. La paradoja es que ninguno de los dos candidatos que disputarán la Presidencia logró construir una mayoría propia. Por el contrario, tanto Abelardo de la Espriella como Iván Cepeda llegan al balotaje apoyados sobre una combinación de adhesiones, rechazos y expectativas que exceden ampliamente sus bases electorales originales.

Con el 43,74% de los votos para De la Espriella y el 40,9% para Cepeda, la diferencia entre ambos fue de apenas 673 mil sufragios. Aunque el candidato de Defensores de la Patria terminó imponiéndose en la primera vuelta, la distancia es suficientemente estrecha como para mantener abierto el desenlace de la elección del próximo 21 de junio.

Sin embargo, la principal conclusión que dejó la primera vuelta no es quién quedó primero. La verdadera novedad es la desaparición del centro político como alternativa competitiva. Los resultados de Sergio Fajardo, Claudia López, e incluso de la candidata uribista Paloma Valencia reflejan un fenómeno que atraviesa buena parte de América Latina: la creciente dificultad de las posiciones moderadas para sobrevivir en contextos de polarización intensa.


LA ELECCIÓN DEL VOTO ÚTIL

La primera vuelta estuvo dominada por una lógica de voto útil.
Una parte importante del electorado colombiano llegó a la conclusión de que la verdadera disputa se encontraba entre el oficialismo representado por Iván Cepeda y una candidatura capaz de derrotarlo. Esa percepción terminó favoreciendo a Abelardo de la Espriella.

La principal víctima de ese proceso fue Paloma Valencia. La candidata del Centro Democrático intentó construir una alternativa que combinara firmeza ideológica con moderación institucional. Su decisión de incorporar a Juan Daniel Oviedo como candidato a vicepresidente buscó ampliar su atractivo hacia sectores urbanos y centristas. Sin embargo, terminó debilitando su conexión con el electorado conservador más duro.

Muchos de esos votantes interpretaron que la prioridad no era construir una opción de derecha moderada sino derrotar al petrismo. En consecuencia, migraron hacia De la Espriella, consolidando un fenómeno similar al observado en otros procesos latinoamericanos recientes donde la polarización absorbió a las expresiones intermedias.

La paradoja es que el uribismo conserva influencia política, capacidad territorial y presencia parlamentaria, pero ya no monopoliza la representación electoral de la derecha colombiana. La irrupción de De la Espriella expresa precisamente esa transformación.


DOS COLOMBIAS

El mapa electoral dejó en evidencia la existencia de dos geografías políticas y sociales claramente diferenciadas.

Iván Cepeda consolidó su fortaleza en Bogotá, el Pacífico, buena parte del Caribe y los departamentos con fuerte presencia indígena, afrodescendiente y popular. Sus triunfos en Cauca, Nariño, Chocó, Valle del Cauca, Putumayo, Amazonas y Vaupés reflejan la continuidad territorial de la coalición social que llevó a Gustavo Petro al poder.

De la Espriella dominó Antioquia, los Santanderes, el Eje Cafetero, los Llanos Orientales y buena parte del centro del país. Allí confluyen sectores empresariales, clases medias conservadoras y votantes preocupados por la seguridad, el crecimiento económico y el desempeño del gobierno nacional.

Más que dos candidatos, la elección parece enfrentar dos visiones distintas de Colombia.

La primera representa a los sectores históricamente excluidos que encontraron en la izquierda una herramienta de representación política. La segunda expresa a una Colombia que percibe que las promesas de cambio no se tradujeron en mejoras materiales y que demanda orden, estabilidad y crecimiento.

Bogotá resume buena parte de esa fractura. Aunque Cepeda ganó la ciudad, el progresismo retrocedió en sectores medios urbanos que habían acompañado a Petro en 2022. Mientras los barrios populares del sur permanecieron mayoritariamente con el candidato del Pacto Histórico, las zonas de mayores ingresos se inclinaron claramente por De la Espriella. Dato de color que rescato el analista político Ricardo Ruiz: en las cuadras más caras de la ciudad ganó Paloma Valencia, lo que muestra un claro sesgo de clase.

 

EL FACTOR VICEPRESIDENCIAL

En una elección tan ajustada, las fórmulas vicepresidenciales adquieren una importancia singular de cara al Ballotage.

Iván Cepeda apostó en primera vuelta por consolidar su núcleo duro progresista mediante la elección de Aida Quilcué, líder indígena, senadora y referente histórica de los movimientos sociales. La decisión, a la luz de los resultados, fortaleció el vínculo con sectores populares, indígenas y de izquierda, pero de cara a la segunda reduce el margen para enviar señales de moderación hacia votantes centristas.

De la Espriella siguió una estrategia diferente. Su compañero de fórmula, José Manuel Restrepo, ex ministro de Comercio y posteriormente ministro de Hacienda durante el gobierno de Iván Duque, le suma experiencia de gestión, credibilidad económica y previsibilidad institucional, frente a la incertidumbre que para el establishment representa su candidatura. Más allá de sus credenciales académicas, Restrepo funciona como un puente hacia sectores empresariales, tecnocráticos y uribistas que observan con simpatía el discurso de De la Espriella, pero que también demandan estabilidad en materia económica.


LA PARADOJA DE ABELARDO.

Uno de los aspectos más interesantes de la campaña fue la dificultad para encasillar ideológicamente a Abelardo de la Espriella

Su discurso actual lo ubica claramente dentro de la nueva derecha latinoamericana. Ha adoptado una retórica similar a la utilizada por Donald Trump, Javier Milei o José Antonio Kast, llegando incluso a definirse como un enemigo frontal de la izquierda.

Sin embargo, su trayectoria profesional presenta matices más complejos, adquiriendo el mote de abogado del diablo en medios internacionales. Es que lo convirtió en una figura pública no fue una carrera política ni académica, sino su disposición a asumir causas que pocos abogados estaban dispuestos a defender. Alcanzó notoriedad con la defensa de David Murcia Guzmán, responsable del esquema piramidal DMG, considerado uno de los mayores fraudes financieros de la historia colombiana. Posteriormente asumió la defensa de Alex Saab, empresario venezolano señalado por Estados Unidos como operador financiero del gobierno de Nicolás Maduro.

Estos antecedentes permiten sostener que la ideología no parece haber sido históricamente el principal vector de su actividad profesional. Precisamente por ello, una de las líneas de ataque más previsibles de la campaña de Cepeda consistirá en presentar a De la Espriella como una figura políticamente difusa, más cercana a las lógicas del poder que a una convicción ideológica consistente.



COLOMBIA COMO CAMPO DE BATALLA CONTINENTAL

La segunda vuelta dejó de ser únicamente una disputa colombiana.
Tras conocerse los resultados de la primera vuelta, Donald Trump manifestó públicamente su respaldo a De la Espriella. Una estrategia muy frecuente del presidente estadounidense que ya demostró su injerencismo en Argentina y Honduras.

Posteriormente se sumaron los apoyos de Javier Milei, Nayib Bukele y José Antonio Kast.

La importancia de estas adhesiones no reside tanto en su capacidad para modificar el comportamiento electoral colombiano como en el mensaje político que transmiten.

Para una parte de la nueva derecha hemisférica, Colombia representa una oportunidad estratégica para consolidar un nuevo eje político regional. Del otro lado, el progresismo latinoamericano observa la elección como un referéndum sobre la continuidad de una agenda asociada a Petro, Lula y otros liderazgos de centroizquierda.
Colombia se ha transformado así en uno de los principales escenarios de la disputa ideológica latinoamericana, que parece tendrá su batalla final en octubre en las elecciones de Brasil.


LA DISPUTA POR LOS AUSENTES

Sin embargo, la clave de la segunda vuelta podría no estar en las alianzas ni en los apoyos internacionales. Podría estar en la participación. Si bien la Registradora Nacional del Registro Civil hizo referencia a una elección record según el histórico con una participación del  57,20%, un dato particularmente relevante es que varias de las regiones donde Cepeda obtuvo sus mejores resultados registraron niveles de participación inferiores a los observados en muchos de los bastiones de De la Espriella.

Por ello, el principal desafío del candidato progresista podría no ser convencer a los votantes de Fajardo o Claudia López, sino movilizar a quienes no acudieron a las urnas en la primera vuelta. En 2022 de la primera a la segunda vuelta la participación aumento del 54,91 al 58,17%.

Por lo que si la primera vuelta fue una elección de voto útil, la segunda podría transformarse en una elección de participación.

La coincidencia con el Mundial de Fútbol introduce además una variable inédita. La jornada electoral se realizará en pleno desarrollo de la Copa del Mundo y se presenta la incógnita de si ello afectará el comportamiento electoral de determinados segmentos sociales, especialmente aquellos con capacidad económica para viajar al exterior y acompañar a la Tricolor.

En una elección que podría definirse por unos pocos cientos de miles de votos, incluso pequeñas variaciones en la participación podrían alterar el resultado final.


MÁS MIEDO QUE ESPERANZA

Existe un último elemento que distingue esta segunda vuelta.

Ni Cepeda ni De la Espriella parecen estar en condiciones de convertir la defensa de la institucionalidad en el eje central de sus campañas.

El oficialismo llega a la elección atravesado por controversias vinculadas a la propuesta de una Asamblea Constituyente y a los cuestionamientos realizados por Gustavo Petro al sistema electoral. La oposición, por su parte, se articula alrededor de un candidato cuya trayectoria pública se construyó más desde la confrontación que desde la reivindicación institucional.

Por ello, la campaña parece encaminarse hacia una lógica distinta: miedo al petrismo versus miedo al fascismo, como la campaña de Cepeda presenta a De La Espriella motivada por las definiciones del candidato a favor de los paramilitares, y en contra del derecho al aborto y del matrimonio igualitario.

La pregunta decisiva ya no parece ser quién genera más esperanza, sino quién logra despertar más rechazo hacia su adversario.

Y, paradójicamente, el resultado podría terminar dependiendo menos de quienes ya eligieron entre Cepeda y De la Espriella que de aquellos colombianos que todavía no decidieron si van a votar. Porque si la primera vuelta fue ganada por quien logró concentrar el voto útil, la segunda podría definirse por quien consiga movilizar a los ausentes. Los 17,5 millones de votantes, de territorios mayoritariamente alejados del poder, que no fueron a las urnas el pasado 31 de mayo.

 

 

 

Dolores Gandulfo es Secretaria de Relaciones Internacionales e Integración del Parlamento del Mercosur. Integra el Consejo Asesor latinoamericano del Instituto de Transiciones democrático (IFIT), la Red de Politologas y la Asociación de Estudios de Relaciones Internacionales de Argentina (AERIA). Y también docente universitaria en Universidad Nacional de San Martín, Universidad Nacional de Tres de Febrero y Universidad del Salvador. 

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