LA EDAD DE LA INVENCIÓN: CREATIVIDAD Y POTENCIA SIMBÓLICA EN LA VEJEZ

En las narrativas culturales dominantes, la vejez suele asociarse al retiro, al cierre o a la pérdida de productividad. El envejecimiento aparece con frecuencia representado como una etapa de declive, una zona donde las posibilidades se estrechan y la creatividad se desvanece. Sin embargo, la historia del arte y de la literatura ofrece una imagen muy distinta. Lejos de constituir un tiempo de clausura, la vejez puede convertirse en una etapa de síntesis expresiva, libertad formal y extraordinaria potencia simbólica.

Cuando el ruido de las certezas se apaga y el cuerpo aprende a andar con más pausa, el arte se vuelve un modo de habitar el mundo con otros ojos. Ya no hay apuro ni necesidad de agradar. Lo que nace, nace desde adentro, con la serenidad de lo decantado y la fuerza de lo verdadero. Crear es una forma de decir “aquí estoy”, de transformar la experiencia en palabra, imagen, color o gesto. Allí donde el lenguaje cotidiano se agota, el arte inventa símbolos y sentidos nuevos. Y en esa invención aparece una forma singular de alegría: no la que deslumbra, sino la que enraíza.

La artista francesa Louise Bourgeois expresó con claridad esta dimensión profunda de la creación cuando afirmó: “Mi arte es un intento de darle forma y sentido a mis emociones, especialmente al dolor y la frustración”. Su trayectoria demuestra cómo la práctica artística puede convertirse en un espacio privilegiado para resignificar la experiencia y transformar la memoria en obra.

La creatividad en la vejez no es únicamente una intuición poética. También ha sido objeto de estudio. El economista estadounidense David Galenson, en su libro Old Masters and Young Geniuses (2006), propuso una teoría innovadora sobre los ciclos de la creatividad artística. Según su investigación, existen dos grandes trayectorias creativas. Por un lado, los genios precoces, capaces de producir obras revolucionarias a edades tempranas, como Picasso o Rimbaud. Por otro, los creadores tardíos, aquellos que construyen su lenguaje lentamente, mediante procesos acumulativos de exploración y experimentación. En estos casos, la madurez artística no surge de una intuición repentina sino de décadas de trabajo, observación y refinamiento.

La tesis de Galenson cuestiona una de las creencias más arraigadas de la cultura contemporánea: la idea de que la creatividad pertenece exclusivamente a la juventud. Sus investigaciones muestran que muchas de las obras más influyentes del arte, la literatura y el cine fueron realizadas por personas mayores. La experiencia, lejos de ser un obstáculo, puede convertirse en una fuente de profundidad, libertad y originalidad.

En una línea semejante, el psicólogo y gerontólogo argentino Ricardo Iacub sostiene que la vejez puede constituir una etapa de emancipación respecto de las exigencias de rendimiento social. A medida que disminuye la necesidad de responder a expectativas externas, emerge la posibilidad de una expresión más auténtica. La creatividad aparece entonces como un ejercicio de singularidad y de libertad.

La cultura contemporánea suele rendir culto a la velocidad, a la novedad permanente y al rendimiento. En ese contexto, la vejez aparece muchas veces como una condición marginal. Sin embargo, precisamente porque se encuentra menos sometida a la urgencia de producir resultados inmediatos, puede abrir un espacio privilegiado para la contemplación, la experimentación y la búsqueda de sentido. Allí donde el mercado exige rapidez, la madurez aporta profundidad; allí donde la lógica de la eficiencia privilegia lo útil, el arte recupera el valor de lo significativo. La creación en la vejez no compite con la juventud: ofrece otra relación con el tiempo, una relación más lenta, más reflexiva y, en muchos casos, más libre.

La historia del arte argentino ofrece ejemplos elocuentes. León Ferrari produjo algunas de sus obras más incisivas después de los ochenta años. Su lenguaje, una combinación singular de crítica política, experimentación formal y poesía visual, alcanzó una lucidez radical en la vejez. En 2007, a los 87 años, recibió el León de Oro de la Bienal de Venecia, uno de los máximos reconocimientos del arte contemporáneo. Lejos de repetirse, continuó explorando materiales y procedimientos inéditos hasta poco antes de su muerte. Su obra demuestra que la experiencia puede abrir caminos nuevos en lugar de conducir a la reiteración.

También María Martorell constituye un caso paradigmático de creatividad tardía. Aunque había desarrollado una trayectoria previa importante, fue en la madurez cuando alcanzó una de las etapas más innovadoras de su producción. Vinculada al arte geométrico y cinético, desarrolló un lenguaje visual de colores vibrantes, ritmos ópticos y estructuras abstractas que dialogaban con las búsquedas más avanzadas de su tiempo. El reconocimiento institucional llegó cuando ya era una artista mayor y continuó trabajando activamente hasta casi los cien años. Su recorrido encarna aquello que Galenson definió como innovación experimental: una construcción lenta y persistente que alcanza su máxima potencia con el paso del tiempo.

La literatura ofrece ejemplos igualmente reveladores. Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió El Gatopardo en los últimos años de su vida. Publicada de manera póstuma, la novela se convirtió en una de las obras fundamentales de la literatura italiana del siglo XX. Su caso demuestra que la creación tardía puede surgir como una forma de síntesis vital, una manera de otorgar sentido narrativo a la experiencia acumulada.

Algo similar ocurrió con José Saramago. Después de décadas de trabajo silencioso, fue cerca de los sesenta años cuando encontró la voz que lo convertiría en uno de los grandes escritores de lengua portuguesa. Obras como Memorial del convento, Ensayo sobre la ceguera y Todos los nombres son fruto de una elaboración paciente e inseparable de la experiencia adquirida a lo largo de toda una vida. Su trayectoria confirma que la madurez puede ser un territorio privilegiado para la invención.

En Argentina, Hebe Uhart ofrece otro ejemplo notable. Aunque había comenzado a publicar décadas antes, fue en la madurez cuando alcanzó mayor reconocimiento y consolidó una voz singular dentro de la literatura contemporánea. Su escritura, capaz de descubrir profundidad en los detalles más simples de la vida cotidiana, revela una sensibilidad afinada por el tiempo y una libertad expresiva ajena a toda necesidad de aprobación. En sus textos, la observación minuciosa, el humor y la ternura se convierten en formas de conocimiento.

Sin embargo, la creatividad en la vejez no pertenece únicamente a quienes desarrollan una carrera artística profesional. Existen experiencias profundamente significativas que muestran cómo la capacidad de crear permanece abierta a cualquier persona. La escritora y arteterapeuta Clara Lanusse trabaja desde hace años con adultos mayores a través de talleres de escritura de cuentos, memorias y autobiografías. Su propuesta no se centra en la nostalgia sino en la invención. Los participantes transforman recuerdos en relatos, imaginan personajes y descubren nuevas formas de expresión. La escritura se convierte así en un espacio de reconstrucción simbólica y afirmación subjetiva.

Su experiencia demuestra que la creatividad no depende de una técnica específica ni de una trayectoria previa. Crear, narrar, imaginar o escribir son actos que permiten apropiarse del tiempo desde otro lugar: no como aquello que se pierde, sino como aquello que todavía puede transformarse.

Lanusse también recupera la idea del “arte por prescripción”. En algunos países, profesionales de la salud recomiendan visitas a museos, lecturas, actividades teatrales o talleres artísticos como complemento para el bienestar emocional. Pero más allá de sus beneficios terapéuticos, el arte ofrece algo aún más profundo: la posibilidad de seguir construyendo sentido.

Quizás la creación en la madurez no responda a una urgencia sino a un susurro. No busca demostrar ni conquistar. Es un modo de estar con el tiempo, con los otros y con lo vivido. A cierta altura de la vida, crear ya no consiste en fabricar respuestas, sino en escuchar aquello que todavía no tiene forma.

La vejez no es necesariamente la edad del balance. Puede ser también la edad de la invención. El momento en que la experiencia acumulada deja de ser únicamente memoria para convertirse en materia prima de nuevas formas, nuevas preguntas y nuevos mundos posibles. Porque si la juventud suele estar asociada al descubrimiento, la madurez puede estar asociada a algo igualmente valioso: la capacidad de otorgar sentido. Y es allí, en esa alianza entre experiencia e imaginación, donde el arte revela una de sus verdades más profundas: nunca es tarde para crear, para transformar ni para comenzar de nuevo.

  1. Louis Bourgeois . The returnof the Repressed (1993) Catàlogo de exposición MOMA Nueva York.

 

 

 

María Pimentel es curadora y gestora cultural. Estudió la carrera de Artes en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Dirigió la Academia del Sur y difundió arte argentino en Italia y trajo al país obras de Rafael, Tiziano y otros grandes maestros del Renacimiento y el Barroco. Curó exposiciones de fotografía y pintura contemporánea en diferentes espacios como el Museo Nacional de Arte Decorativo, el Centro Cultural Recoleta, la Embajada de Brasil y la Colección Fortabat. Desde 2023 es la directora y curadora de la Bienal de Arte Sacro Contemporáneo.

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