26/10/2026
Naciones Unidas frente a la fragmentación y las nuevas formas de cooperación
Cada septiembre se repite el diagnóstico: Naciones Unidas está en crisis, el multilateralismo pierde relevancia y las grandes decisiones se toman fuera de sus instituciones. Sin embargo, durante una semana Nueva York volvió a concentrar la atención mundial. La Asamblea General reunió a mandatarios que debatieron sobre guerras, soberanía, inteligencia artificial, cambio climático y, sobre todo, las reglas que deberían organizar un orden internacional en transformación.
La paradoja: una organización debilitada sigue siendo el espacio donde casi todos los Estados confrontan sus visiones del mundo. Quizás no esté en crisis el multilateralismo, sino una forma histórica de organizarlo.
La ONU pasó de 51 miembros en 1945 a 193, representados en la Asamblea General con un voto cada uno. Esa ampliación expresa una sociedad internacional más diversa, pero convive con un Consejo de Seguridad cuya arquitectura conserva el equilibrio de poder de 1945. La tensión es evidente: representación casi universal y distribución desigual de la capacidad de decisión.
La 81ª Asamblea General puso esa contradicción en primer plano. António Guterres pidió ampliar la representación africana en el Consejo de Seguridad y diversos gobiernos reclamaron mayor participación del Sur Global. Pero detrás de la demanda de reforma apareció una pregunta decisiva: ¿quién define las reglas del nuevo orden global?
La soberanía ocupó un lugar central, aunque con significados distintos. Para algunos gobiernos implica preservar intereses nacionales; para buena parte del Sur Global significa autonomía, no injerencia y rechazo a convertirse en escenario de disputas entre potencias. Luiz Inácio Lula da Silva cuestionó las zonas de influencia y las injerencias electorales, así como la subordinación latinoamericana a poderes externos.
Defender la soberanía no supone rechazar el derecho internacional. Para los Estados pequeños y medianos, las reglas compartidas pueden limitar las asimetrías de poder. Cuando la fuerza reemplaza al derecho, los países con menos recursos quedan más expuestos. Por eso importa no solo qué normas existen, sino quién las formula, quién las aplica y si obligan a todos por igual.
Mayorías sin consenso: los límites de la acción multilateral
Las votaciones de 2026 muestran que la participación universal no equivale a consenso. El 24 de febrero, la Asamblea aprobó la resolución A/RES/ES-11/10 sobre una paz duradera en Ucrania por 107 votos a favor, 12 en contra y 51 abstenciones; 23 países no votaron. El texto reafirmó la integridad territorial ucraniana y reclamó un alto el fuego inmediato. Las numerosas abstenciones reflejan posiciones intermedias y estrategias de autonomía que desbordan la división tradicional entre bloques.
El 17 de septiembre, la resolución A/RES/81/1 sobre la participación de Palestina en la 81ª sesión obtuvo 152 votos favorables, tres negativos —Estados Unidos, Israel y Paraguay— y cuatro abstenciones —Colombia, Honduras, Panamá y Perú—. La amplia mayoría revela respaldo a su participación, pero también alineamientos específicos, atravesados por intereses nacionales que no siempre coinciden con las divisiones geopolíticas habituales.
Ambos casos ilustran una paradoja: la Asamblea General puede construir mayorías amplias, pero no necesariamente convertirlas en decisiones efectivas. Los instrumentos de ejecución siguen condicionados por estructuras de poder restringidas. Aprobar no es ejecutar. El problema no es la desaparición del multilateralismo, sino la distancia entre representación, formación de mayorías y capacidad de implementación.
Frente a esa brecha, emerge la posibilidad de un multilateralismo de geometría variable que articule instituciones universales, organismos regionales, cooperación Sur-Sur y coaliciones temáticas. No se trata de reemplazar Naciones Unidas ni de crear un sistema paralelo, sino de combinar su legitimidad universal con mecanismos capaces de producir respuestas más ágiles. La flexibilidad, sin embargo, no debe convertirse en una excusa para excluir a quienes tienen menor poder.
Las alianzas flexibles pueden ampliar la autonomía y atender problemas concretos sin abandonar las instituciones globales ni fragmentar las reglas comunes.
La sucesión de António Guterres añade una dimensión política y simbólica. En ocho décadas, ninguna mujer ha encabezado la ONU. Existe, además, la expectativa de que la próxima Secretaría General corresponda a América Latina y el Caribe, región que no ocupa ese lugar desde Javier Pérez de Cuéllar. Pedro Sánchez planteó ante la Asamblea la posibilidad de una mujer latinoamericana. La decisión pondrá a prueba no solo la representación regional y de género, sino también la credibilidad y la orientación futura de la organización.
América Latina puede aportar una tradición basada en la solución pacífica de controversias, la no intervención, la integración regional, el derecho internacional y la búsqueda de autonomía. No es únicamente una oportunidad de ocupar un cargo: es una ocasión para participar en la definición de las reglas que vienen.
Las guerras, la crisis climática, las migraciones, las desigualdades, la inteligencia artificial y las dependencias tecnológicas no pueden resolverse exclusivamente dentro de las fronteras nacionales. Precisamente cuando Naciones Unidas parece debilitada, el mundo necesita espacios capaces de procesar diferencias y sostener compromisos colectivos.
La respuesta no consiste en defender nostálgicamente las instituciones existentes ni en aceptar que la fuerza sustituya a las reglas. Hace falta un multilateralismo más representativo, flexible y democrático, capaz de combinar soberanía con cooperación, autonomía con normas comunes y diversidad con acción colectiva. Su legitimidad dependerá tanto de quién participa como de quién puede fijar agendas, producir acuerdos y hacerlos cumplir.
La atención recibida por la Asamblea demuestra que el multilateralismo no ha desaparecido: está siendo disputado. De esa disputa dependerá el orden futuro.
Fuentes: Naciones Unidas, A/RES/ES-11/10 (24/02/2026); GA/12784 y A/RES/81/1 (17/09/2026).
Dolores Gandulfo: secretaria de Relaciones Internacionales e Integración del PARLASUR; magíster en Políticas Públicas y doctoranda en Ciencia Política (UNSAM).
Verónica Pérez Taffi: directora de Relaciones Internacionales (USAL), presidenta de AERIA y candidata a doctora en Relaciones Internacionales.
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